El Señor del Anillo

R. agnerRecordemos a Richard Wagner en el día de su nacimiento con su obra Cumbre, El Anillo.

Las primeras notas sobre esta magna obra en el diario de Wagner datan de 1848, fecha en la que empezaba a trabajar en el libreto. Tendrán que pasar casi treinta años para que esta monumental composición se complete.

En 1848 Wagner completa el libreto del final de la tetralogía, titulado La muerte de Sigfrido, que luego se convertiría en El Ocaso de los dioses. El texto completo se finalizó en 1853 y a partir de ese momento hasta 1874 Wagner compondría las cuatro partes de lo que él llamaba ‘’festival escénico’’. La primera parte, a modo de prólogo, es El oro del Rhin. Le siguen tres jornadas: La Walkiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses.

En total son quince horas de música que se representa normalmente fragmentada, a excepción de Bayreuth.

Orígenes

Wagner se basó en diversas fuentes para inspirarse en el libreto, los textos fundamentales de la saga de los Welsas, los Eddas y El cantar de los nibelungos. El compositor hizo varios cambios en estos textos. En las sagas las narraciones se suceden de forma desordenada. Wagner toma de aquí y de allá y crea su propio argumento.

En 1854 termina el oro del Rhin y comienza la primera jornada. La Walkiria fue terminada en 1856, iniciando inmediatamente la composición de Sigfrido. En el ecuador de la obra hay otro trabajo que lo mantendrá ocupado durante un tiempo, Tristán e Isolda, que finaliza en 1859. Ocho años pasan hasta que Wagner puede continuar su trabajo con Sigfrido, alternándolo con el Tannhäusser y Los maestros cantores de Nüremberg.

En 1869 empieza su recta final con el último episodio de la tetralogía, pero Sigfrido aún está incompleto. En 1870 compone El idilio de Sigfrido y por fin, al cabo de 15 años, da por terminada la segunda jornada. En 1874 da por finalizado el conjunto de esta genial obra.

Tres mundos paralelos

En la tetralogía hay tres planos bien diferenciados. Por una parte, el plano superior, el Walhala, donde figuran los dioses, con Wotan en cabeza.

Después está el plano terrenal, por donde también se mueven los dioses, pero también los gigantes, Fasolt y Fafner, así como las hijas del Rhin, Siegmund y Sieglinde; las tres Nornas y las nueve valkirias. En tercer lugar está el submundo, el Nibelheim, donde están los nibelungos, siendo sus líderes Alberich y Mime.

La escenificación es compleja. Seres que caminan y vuelan; animales, sirenas. Un entramado perfectamente organizado donde nada sobra ni falta. La combinación de música, poesía y acción es perfecta. Ninguna otra obra puede igualarla. Es la obra de arte total.

El idealismo y el materialismo luchan en El anillo del nibelungo. También el amor y el oro. Sólo quien renuncie al amor podrá dominar el mundo. Varios personajes lo intentan (Alberich, Hagen) pero serán dominados por los que de verdad conocen el amor, Sigfrido, Brunilde, Sieglinde.

Entre el gran número de personajes destaca como protagonista absoluto Wotan, tanto es así que el propio Wagner pensó seriamente en cambiar el título para llamarla simplemente Wotan.

Un escenario y un público dignos de una gran obra

El Festspielhaus de Bayreuth había comenzado a construirse en 1872, pensado especialmente para el estreno de la tetralogía. El trece de agosto de 1876 fue un gran día. Los emperadores Guillermo I y Pedro II de Brasil; el rey de Wurttemberg y Luis II de Baviera; grandes duques y ministros; la elite de los compositores europeos: Liszt, Saint-Saens, Tchaikovsky, Bruckner, D’Indy. Incluso el filósofo Friedrich Nietzsche.

En el público todo fue asombro. Especialmente efectista fue la nueva forma de colocar la orquesta escondida en el foso, llamada ‘’la orquesta misteriosa’’, así como los decorados del propio Wagner y la forma ovalada del teatro. En cambio la crítica periodística no tuvo piedad con Wagner. Excesiva duración de las obras y demasiada complejidad de los personajes. Pero la opinión del público y de la crítica no siempre van unidas. La ovación de la sala fue apoteósica. La gente aplaudía, gritaba, lanzaba sombreros, flores y coronas.

Saint-Saens comentaría más tarde: ‘’Esta música no se parece a ninguna otra. Hay que entenderla y ver cómo triplica la intensidad de los sentimientos que están inmersos en los personajes’’. Un crítico alemán muy conocido dijo en cambio que habría que recortar esas quince horas, quitando un poco de aquí y de allá para dejarlo reducido a una sola obra. Realmente ningún hombre fue jamás tan incomprendido como Richard Wagner.

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