Joaquín Rodrigo, músico y gentilhombre

rodrigoJoaquín Rodrigo Vidre (22/11/1901-6/7/1999) nació el día de Santa Cecilia, patrona de la música (como no podía ser de otro modo…). Este valenciano universal, nacido en Sagunto, quedó invidente a los tres años pero esto no le impidió convertirse en uno de los compositores españoles del siglo XX más universales.Después de sus estudios en Valencia, donde estrenó su primera obra,  ‘Juglares’ (1924), entró en la Schola Cantorum de París como alumno de Paul Dukas (1865-1935), volviendo a España en 1934. Una beca le permitió volver a París para estudiar musicología con Maurice Emmanuel (1862-1938) y en la Sorbona con André Pirro, alumno de Charles Marie Widor (1845-1937).

Tras la Guerra Civil Española, en 1939, se estableció finalmente en nuestro país. En 1947 se creó para él la cátedra Manuel de Falla de la Universidad de Madrid y en 1950 fue elegido académico de Bellas Artes de San Fernando.

Figura única en la música española, no ha tenido ni discípulos ni continuadores, y su obra está considerada por la Generación del 51 como un paso atrás en el desarrollo de la música española. Opinión con la que personalmente, al igual que millones de personas, no estoy de acuerdo. Me inclino más por la definición que del Concierto de Aranjuez hace Federico Sopeña (1917-1991) ‘Es la obra de un genial compositor, espontáneo y normal, de un músico que domina, de manera impresionante, todos los campos de la creación musical’.

El Concierto de Aranjuez

En 1939 Rodrigo terminó su Concierto de Aranjuez, para guitarra y orquesta. Esta obra, que indudablemente es la pieza más conocida de la música española en todo el mundo, está dedicada al guitarrista Regino Sainz de la Maza (1897-1981), quien la interpretó en su estreno mundial en 1940. Hay quien dice que el Concierto ‘le venía grande’, debido a la dificultad que entrañaba la obra. En un posterior concierto Sainz de la Maza no pudo interpretarla por problemas de salud, y siempre han existido rumores de que tal indisposición era ‘premeditada’.

Ante la ausencia de intérprete para este concierto, aparece entonces un joven y desconocido guitarrista, Narciso García Yepes, que luego cambiaría su nombre por Narciso Yepes  (1927-1997). Narciso, nacido en Lorca (Murcia), había estudiado la obra y se encontraba en perfectas condiciones para interpretarla. El concierto fue un éxito rotundo y a partir de ese momento la carrera de los tres protagonistas, compositor, obra e intérprete, era ya imparable.

Otro rumor que acompaña al Concierto de Aranjuez se refiere a Andrés Segovia (1893-1987), Marqués de Salobreña, que nunca llegó a interpretarlo. Él mismo decía que la obra no llegaba a agradarle porque utilizaba demasiado la zona aguda de la guitarra. Sin embargo, se dice que quizá era un modo de demostrar su enfado porque Rodrigo no se la había dedicado. Quizá también por eso se dice que don Joaquín quiso arreglar el entuerto dedicando a Segovia su ‘Fantasía para un Gentilhombre’, también para guitarra y orquesta. Por cierto, que el gentilhombre no era Segovia, como se ha dicho a veces, sino Gaspar Sanz (1640-1710), en cuyas danzas para guitarra está basada la obra.

Un artista inolvidable

El interés por la guitarra acompañaría a Rodrigo durante toda su vida y es algo que los guitarristas debemos agradecerle, ya que nos permite tocar obras maestras como ‘Invocación y Danza’, ‘Sonata Giocossa’, ‘Tres piezas Españolas, ‘Por los campos de España’ o la dificilísima ‘Elogio de la Guitarra’, cuya perfecta interpretación sólo está al alcance de unos pocos privilegiados, como Pepe Romero.

La música y  el recuerdo de Joaquín Rodrigo siempre nos acompañará, y no sólo con motivo de sus aniversarios. Conocí personalmente al maestro, aunque de un modo fugaz. Fue en 1978, con motivo de la celebración del centenario del Conservatorio de Valencia (España). Yo había obtenido el Premio de Honor ese Conservatorio, en la especialidad de guitarra y la entrega de los galardones se realizó, debido a esta conmemoración, en el Teatro Principal de Valencia. Fue el maestro quién personalmente entregó los diplomas. Siempre recordaré la emoción que me invadía a medida que me acercaba al escenario, y sus sencillas palabras al entrarme el título: ‘’Enhorabuena, joven’’. Tenía ese mismo tono un tanto agudo en la voz que tantas veces había oído en televisión. Quizá entonces yo era muy joven pero ahora, al recordar el momento en que estreché su mano, tengo conciencia de que me encontraba ante un gran artista, un genio de la música y a la vez una persona de una humanidad inabarcable. (José Manuel Expósito)

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