El Cuarteto para el fín de los tiempos

Programa original del estreno

Programa original del estreno

El Cuarteto para el fin de los tiempos es sin duda la cumbre de la música de cámara del siglo XX. Olivier Messiaen (1908-1992) compuso esta obra durante el verano de 1940 mientras se encontraba prisionero en un campo de concentración de Silesia. Sumido en esta terrible situación, el compositor encuentra inspiración para crear la que quizá sea su obra más conocida.

Un dramático origen

Entre los compañeros de cautiverio de Messiaen se encontraba el violinista Jean le Boulaire, el clarinetista Henri Akoka y el cellista Etienne Pasquier. Este grupo de músicos condicionó la inusual formación de este cuarteto. Para ellos había compuesto un breve trío, que posteriormente quedaría integrado en el cuarteto, como cuarto movimiento, Interméde. A Messiaen se le había facilitado un viejo piano al que le faltaban algunas cuerdas y que tenía varias teclas que a veces quedaban hundidas.

La obra, tras meses de ensayos, fue estrenada a las seis de la tarde del 15 de enero de 1941 en el barracón Stalag VIII A del mencionado campo de Silesia. Etienne Pasquier relataba en 1995, con 93 años de edad: ‘’Una vez que Messiaen concluyó su Cuarteto, ensayábamos en la barraca todos los días, después de los trabajos, a las seis. Ensayábamos hasta que se consumía el fuego, sobre las diez. Al fondo de la sala había siempre un oficial que escuchaba.’’

Al estreno acudieron todos los presos y también los responsables del campo. En total unas cuatrocientas personas. El frío en el exterior era glacial pero el éxito fue rotundo y volvieron a tocar la obra en varias ocasiones.

Un significado apocalíptico

El Cuarteto no es en absoluto una obra de alta complejidad y puede ser asimilada por el público que asiste asiduamente a conciertos. Incluso en sus momentos más atonales, el original empleo de los timbres suaviza las disonancias. Es una obra apocalíptica que refleja fielmente la época que el compositor estaba viviendo. Messiaen hace referencia a pasajes del Apocalipsis según San Juan. Son muy ilustrativas las propias palabras del compositor sobre su fuente de inspiración: ‘’Vi un ángel poderoso descendiendo del cielo, revestido por una nube, con un arco iris sobre la cabeza. Su rostro era como el sol, sus pies como columnas de fuego. Puso su pie derecho sobre el mar, su pie izquierdo sobre la tierra y manteniéndose erguido sobre el mar y la tierra, levantó la mano hacia el cielo y juró por Aquel que vive por los siglos de los siglos diciendo: ‘’No habrá más tiempo, pero en el día de la trompeta del séptimo ángel, el misterio de Dios se consumará.’’

El lenguaje del Cuarteto es ‘’esencialmente inmaterial, espiritual y católico’’. Los ritmos especiales, apartados de toda métrica, contribuyen a sumirnos en un paisaje intemporal. Nadie mejor que el compositor para explicarnos por qué, siendo su número ideal el siete, el Cuarteto tiene ocho tiempos: ‘’La creación de seis días santificados por el sabbat divino; el séptimo de este reposo se prolonga en la eternidad y se convierte el ocho de la luz indefectible, de la paz inalterable’’.

Una bella obra llena de misticismo

Sólo en cuatro de las ocho partes Messiaen requiere a los cuatro intérpretes, en los tiempos I, II, VI y VII. En el resto asistimos a una exquisita serie de solos, dúos y tríos que explotan al máximo las posibilidades sonoras de los instrumentos. El tercer tiempo, ‘’El Abismo de los pájaros’’ es un solo de clarinete y el Interméde, germen de la obra, es un trío sin piano, de carácter muy alegre. El impresionante sexto tiempo, ‘Danza de fuego, para las siete trompetas’’,  es un extraordinario ejemplo de monodía en la que los cuatro instrumentos tocan obstinato al unísono o a la octava. Al escuchar el dúo del quinto tiempo se nos plantea una tremenda duda. Quizá ‘’El Cisne’’ de Saint-Saens no sea la pieza más bella escrita para cello y piano.

El tiempo final, dúo de violín y piano, tiene un sobrecogedor final, donde la melodía del violín asciende hasta el infinito en un pianísimo. Es sorprendente el sencillo acompañamiento del piano, limitado prácticamente a una sola nota . Este final es el reflejo de ‘’la ascensión del hombre hacia su Dios, del hijo de Dios hacia su Padre, de la criatura divinizada hacia el Paraíso’’.

En el Cuarteto para el fin de los tiempos están presentes todas las características del inconfundible lenguaje de Messiaen. Su fascinante imaginación renovó las técnicas del lenguaje musical. Creó un lenguaje propio, basado en los llamados ‘’Modos de transposición limitada’’. Estos modos son unas escalas concebidas de tal forma que sólo pueden transformarse un número limitado de veces. Llegado a un punto vuelven a ser idénticas a sí mismas.

Messiaen desarrolla el uso que Schöenberg y Webern hicieron del ritmo, logrando uno de sus rasgos más característicos, el tratamiento del color sonoro. En una pieza la estructura armónica permanece inalterable y son los tonos de color cambiantes los que cobran un protagonismo único, sin precedentes.

Discografía recomendada:

El cuarteto para el fin de los tiempos, Olivier Messiaen

DECCA, 452 899-2 – Olli Mustonen, Joshua Bell, Steven Isserlis y Michael Collins.

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